EL ROJO, EL RATING Y ERNESTO, EL IMPOTENTE
Veinticuatro horas antes de que la tormenta tropical Ernesto llegara a las costas de la Florida una mancha roja se apodero de mi televisor. Intente limpiarla con agua tibia, con limpiador de vidrios, inclusive con amoniaco pero no hubo caso, seguía ahí. Lo único extraño era que solo desaparecía cuando apagaba el televisor. Hasta que comencé a atar cabos y me di cuenta que no era una mancha sino el recuerdo imborrable de los mapas que invadieron mi pantalla durante la cobertura noticiosa de la primera amenaza meteorológica del año. 6 cadenas de televisión (las 4 en ingles y las 2 en español) desempolvaron su artillería y se dedicaron, sin descanso, por casi 48 horas, a reportar sobre la inminente llegada de Ernesto, una tormenta tropical que cualquier meteorólogo podría haber predicho que no iba a ser una amenaza seria para la costa sureste de los Estados Unidos. Sin embargo no lo hicieron, porque el peligro no estaba en el Caribe, sino en la posibilidad de perder en la guerra de los ratings. En algún lugar de la pantalla los canales locales de Miami mostraban, constantemente, el mapa de las bandas de viento de Ernesto con una zona roja, muy roja, en el centro. En esos diagramas, el color rojo representa los vientos mas fuertes de esa tormenta, que tal vez no superen las 40 millas por hora pero es el mismo color que usaron para marcar los vientos de Katrina. ¿Que efecto causó esto en la gente? Pánico e inseguridad. Las gasolineras comenzaron a llenarse de personas desesperadas por conseguir un poco de combustible y las mismas estaciones de televisión reportaron incidentes de peleas por algunos inadaptados que querían adelantarse en las líneas. Los estantes de los supermercados quedaron vacíos. Los fabricantes de generadores de electricidad se hicieron el mes y mucha gente revivió un miedo innecesario. Y todo en nombre de los ratings. Porque ese color rojo asusta a cualquier que no sabe o no se ha tomado el tiempo de interpretar su significado. Porque los canales de televisión han invertido millones de dólares en expertos y equipos altamente sofisticados para reportar este tipo de fenómenos meteorológicos. El puesto de meteorólogo es uno de los mejores pagados de la industria de la televisión en el sur de la Florida. Pero el lunes y martes lo que la gente vio, el 80% del tiempo, fue a un grupo de periodistas tratando de encontrar palabras e historias para llenar una cobertura que, realmente, no ameritaba tanto escándalo. Varios de ellos impostaban la voz o la alzaban con una estridencia notable, como si estuvieran hablando durante el huracán a pesar de que, cuando pasó, apenas volteo unas ramas, ni siquiera causo una mínima inundación pero si lleno de alegría a millones de niños y jóvenes que no tuvieron que ir a estudiar. Y les aseguro que no estoy tratando de trivializar o quitarle importancia a la fuerza destructora de uno de los fenómenos más devastadores de la naturaleza. Yo fui uno de los sobrevivientes de Katrina y como periodista cubrí más de 20 huracanes, varios de categoría 4 y 5. Solo me pongo a pensar si fue realmente necesario realizar una cobertura ininterrumpida de una tormenta que, un día antes, los mismos meteorólogos habían vaticinado que las posibilidades de que fuera un huracán eran mínimas ya que Ernesto estaba encima de Cuba y se necesitaba un verdadero milagro para que tomara una dimensión o una fuerza devastadora que ameritaba la alarma. Lo que tengo miedo es que algún día esto se transforme en el cuento del pastorcito mentiroso, que la gente deje de creer en los meteorólogos o en las noticias porque les han exagerado la verdad demasiadas veces. Y el día que sea cierto y otra Katrina llegue a destrozarnos, los millones de residentes de la costa este de los Estados Unidos no van a saber distinguir la verdad. Y todo por culpa de los ratings.